Día tras día, se niega a los niños el derecho de ser niños.
Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida
cotidiana. El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se
acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres
como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a
los niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor,
para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha
magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños.
Entre los niños que viven prisioneros de la opulencia y los
que viven prisioneros del desamparo, están los niños que tienen bastante más
que nada, pero mucho menos que todo. Cada vez son menos libres los niños de
clase media. Que te dejen ser o que no te dejen ser. A estos niños les confisca
la libertad, día tras día, la sociedad que sacraliza el orden mientras genera
el desorden. El miedo del medio: el piso cruje bajo los pies, ya no hay
garantías, la estabilidad es inestable, se evaporan los empleos, se desvanece
el dinero, llegar a fin de mes es una hazaña. Bienvenida, la clase de unos de
los barrios más miserables. La clase media sigue viviendo en estado de
impostura, fingiendo que cumple las leyes y que cree en ellas, y simulando
tener más de lo que tiene; pero nunca le ha resultado tan difícil cumplir con
esta abnegada tradición. Está la clase media asfixiada por las deudas y
paralizada por el pánico, y en el pánico cría a sus hijos. Pánico de vivir,
pánico de caer: pánico de perder el trabajo, el auto, la casa, las cosas,
pánico de no llegar a tener lo que se debe tener para llegar a ser. En el
clamor colectivo por la seguridad pública, amenazada por los monstruos del delito
que acecha, la clase media es la que más alto grita. Defiende el orden como si
fuera su propietaria, aunque no es más que una inquilina agobiada por el precio
del alquiler y la amenaza del desalojo. Con una educación que no les permite
pensar.
Fragmentos de Eduardo Galeano (La escuela del mundo al revés).


